jueves, 17 de diciembre de 2009

Los amantes de la calle de los álamos


El sol se apaga lentamente, camina sin obsesión sobre los árboles.
Los últimos atardeceres de febrero engendran un sueño rojo en el horizonte. Los pájaros son un viaje al infinito.
Los amantes de la calle de los álamos se alejan de la blanca casa, donde una lámpara parpadea en el nudo de las cosas. ¿Es para mí la esencia de un poema? ¿Me importa traducirlo en palabras, cuando sé que su marcha es mi camino?
Ellos van hacia el abismo de la primera estrella.
Atraviesa la brisa un silencio de naufragio, se amparan en el nudo de sus manos, de sus cuerpos, de sus bocas.
¿Perseguirán lo eterno del instante o se saben el pálido fulgor de un reino ciego?
Las sombras errantes multiplican sus crímenes. Ellos atraviesan la luz mortecina de algún bar, los focos de los autos, la estrecha ventana, la vidriera desnuda. Nace el deseo, ardiente enmudece la culpa. Emerge en lo oscuro la máscara sonámbula de la luna.